Miedo e impotencia durante la cuarentena
Tras las primeras reacciones optimistas acompañadas de arcoíris y hashtags (#YoMeQuedoEnCasa, #JuntosLoConseguiremos, etc.), el Covid-19 nos obligó, en mayor o menor medida, a enfrentarnos al miedo. Miedo al contagio (propio y de nuestros familiares más mayores), a estar lejos de nuestros seres queridos, a perder el trabajo y a no poder prever con exactitud qué nos esperaba en los siguientes meses. El miedo, cuando se mantiene en el tiempo, provoca en nuestro organismo un estado de activación fisiológica constante que, en algunos casos, puede traducirse en trastornos del sueño, del apetito y en la aparición de estados de ansiedad.
El otro elemento con el que, a mi parecer, tuvimos que lidiar fue el sentimiento de impotencia: porque nada podemos hacer frente a un “enemigo” invisible como el virus, que nos obliga a recordar que somos simples seres humanos, criaturas maravillosas que danzan dentro del círculo de nuestra propia finitud. Casi parecía que nos hubiéramos olvidado de nuestra naturaleza mortal, absorbidos como estábamos por las ilusorias promesas de omnipotencia del primer mundo en el que vivimos: poder viajar, comer y comprar a precios irrisorios. Poco importa si el precio real de estos privilegios lo pagan la salud del planeta y los derechos de los trabajadores.
Ahora que las medidas de seguridad se están relajando poco a poco, tanto en España como en Italia, ¿qué ha cambiado (si es que algo ha cambiado) en la percepción de esta nueva realidad? Las personas fuera de las categorías de riesgo y, por tanto, “sanas”, parecen estar experimentando, por fin, una sensación gradual de alivio y de libertad recuperada. ¿Pero es así para todo el mundo?
Qué hemos descubierto sobre nosotros mismos
La mezcla emocional de miedo e impotencia, de la que muchos me hablan, suele llevar a una sensación de bloqueo, de estancamiento, una dimensión suspendida en el vacío. Incluso ahora que estamos recuperando, poco a poco, una vida cotidiana más normal, parece que algunos prefieren observar desde cierta distancia a quienes, en cuanto fue posible, volvieron a sentarse en las terrazas de los bares para brindar por el final de una mala experiencia.
Es importante poder sentirnos más tranquilos y finalmente calmar ese estado de alerta, retomando —más o menos— lo que hacíamos antes del Covid. Pero no todos estamos listos para hacerlo. Como si necesitáramos un poco más de tiempo para comprender qué nos ha pasado: me refiero a colocarnos en una posición de escucha para ver si algo ha cambiado, fuera y dentro de nosotros.
¿Tal vez hemos visto aspectos nuestros que no conocíamos, que nos han sorprendido, que nos han sacado una sonrisa o nos han hecho sentir decepción o preocupación? ¿Hemos descubierto o redescubierto relaciones a las que ahora queremos dar un nuevo significado?
Sea agradable o incómodo, creo que es importante enfrentarnos a aquello con lo que hemos entrado en contacto. Podría tratarse de algo útil, como un material preciado y maleable al que dar forma, porque puede decirnos algo más sobre nosotros mismos y sobre lo que queremos mejorar. Tal vez pueda hablarnos de nuestra humana imperfección que, precisamente por serlo, puede sorprendernos al revelar un coraje y unas capacidades que no pensábamos tener, y que podríamos integrar en la perspectiva de una nueva manera de vivir.
Quién sabe, quizá alguien haya confirmado que ya no está satisfecho con su trabajo y empiece a imaginar nuevos proyectos a medio o largo plazo. Otro tal vez haya tomado conciencia de que quiere cambiar algunas dinámicas presentes en ciertas relaciones; la cuarentena podría habernos ofrecido nuevos estímulos para actuar cambios importantes.
Las dificultades emocionales de los italianos en el extranjero durante el Covid
El punto extra de dificultad para los expatriados, sobre todo los que viven en España, es que durante todo este tiempo no ha sido posible viajar para abrazar de nuevo a la familia y a los amigos. Entre las ventajas de vivir en el primer mundo, sin duda está el acceso a la tecnología, que nos permite sentirnos un poco más cerca.
Benditas sean las videollamadas que nos han permitido ver a nuestra madre mientras preparaba la cena o al recién nacido de nuestra mejor amiga. Por supuesto, bendita sea la tecnología, pero sigue siendo cierto que no puede sustituir, en su dimensión emocional, el contacto físico real, aunque sea a un metro y medio de distancia. Pero es lo que hay.
Por no hablar de la sensación de vivir “divididos” (entre España e Italia) durante estos meses. Por un lado, seguir las noticias de contagios y fallecimientos en España y, al mismo tiempo, asistir impotentes —esa palabra vuelve— a lo que ocurría en Italia. Incluida la tragedia de las numerosas familias que no pudieron despedirse de sus muertos. El rito funerario no es solo una cuestión religiosa, sino una etapa esencial del proceso de elaboración del duelo.
Imaginar un futuro nuevo después de la pandemia
Creo que todos tenemos claro que existe un “antes y un después del Covid”, y que las cosas no volverán a ser como antes, ni a nivel laboral ni social.
La incertidumbre del futuro quizá sea una de las cosas más difíciles de sostener en este momento de espera y suspensión. Tiene que ver con la dificultad de habitar algo que aún no existe o que no está bien definido. ¿Cómo es posible habitar un espacio que todavía no está? Es como mirar un terreno vacío e intentar planificar la casa que queremos construir; y para proyectar es imprescindible mantener viva la capacidad de imaginar.
Un primer paso podría ser intentar imaginar el futuro que realmente queremos, a la luz de lo que descubrimos durante la cuarentena, sabiendo que será necesario ir ajustando cosas sobre la marcha. Esto no tiene solo que ver con sobrevivir, sino sobre todo con existir, con dar un sentido a lo que vivo hoy y a lo que deseo para mí mañana.
No me queda más que desearos una buena nueva partida, y que podamos experimentar formas nuevas, auténticas y creativas de habitar ese espacio sagrado que es la propia existencia.

